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Por Erika Mo
Fotos Cortesía

Una velada íntima y desenchufada, tal como se venía anunciando meses atrás, fue lo que vivieron miles de fans del gran Andrés Calamaro el pasado fin de semana, y el Teatro Metropolitan fue testigo de ello. Poco después de las 20 hrs. del sábado, se daba la tan esperada tercera llamada, seguida de la aparición de los tres músicos que acompañaron durante todo el recital al Salmón, finalmente éste hizo su aparición portando un traje negro, gafas oscuras y su inigualable presencia.

El, ya legendario, cantante argentino, tomó asiento, saludó a los presentes y de inmediato sonaron los primeros acordes de La libertad seguida de Bohemio y Algo contigo. Al término de ésta, se levantó de su lugar, tomó la armónica y cantó OK Perdón, sucedida de la hermosa Piedra y camino del fallecido cantautor argentino Atahualpa Yupanqui, figura máxima de la lírica argentina.

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Piano, contrabajo y percusiones, fueron suficientes para darle sonoridad a las bellas canciones que interpretó con un notable sentimiento el oriundo de Buenos Aires, esto fue más que evidente al momento de escuchar en su voz la clásica El día que me quieras,  que por momentos semejaba a la interpretación del mismísimo Carlos Gardel.

7 segundos, Ansia en Plaza Francia, ¿Quién asó la manteca?, Garúa, Cacho de Buenos Aires (muy pocas veces interpretada en público) y La copa rota, fueron magistralmente interpretadas y el Metropolitan entero pudo constatar que si algo no olvida Calamaro, es justamente su origen.

Así como el sentimiento argentino impregnó por algunos minutos el escenario, también llegó el mexicano al momento de cantar Que te vaya bonito  de nuestro José Alfredo Jiménez. Al término de ésta, besó el piso del escenario como sinónimo del respeto y amor que tiene por México, los aplausos no se hicieron esperar.

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La velada continuó con Los aviones, Tuyo siempre (muy ovacionada, por cierto), El tercio de los sueños, Carnaval de Brasil y Para no olvidar. Cabe mencionar que hasta este momento el Metropolitan había aplaudido y cantado cada una de las canciones interpretadas, pero llegó el momento de Estadio Azteca, y todo cambió, el teatro entero se paró y entonó con esa misma energía que había guardado durante casi una hora.

Ya imparables los asistentes, entonaron al unísono Flaca y Paloma, con la que Calamaro, y los músicos que lo acompañaron toda la noche, se despidió por unos minutos para regresar con el afamado encore: Cuando te conocí, Mi enfermedad, Media Verónica y finalmente el concierto culminó con Crímenes perfectos. Veinticinco canciones y casi dos horas del gran Calamaro parecían insuficientes y el público pedía más de él, pero el Salmón, cual torero en el ruedo, se despidió agradeciendo y prometiendo regresar.

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