Por: Katy Galicia
Fotos: OCESA / José Jorge Carreón
El cierre de la gira Cancionera: un encuentro íntimo entre la música, los recuerdos y el corazón.
Hay conciertos que se escuchan, otros que se cantan y algunos que simplemente se sienten. Natalia Lafourcade nos regaló una noche en la que cada canción parecía encontrar un lugar distinto dentro de nosotros.
En la recta final de su gira Cancionera, Natalia eligió un recinto donde su corazón pudiera conectarse con el de cada persona presente. Un espacio íntimo que, desde los primeros instantes, nos hizo sentir parte de algo profundamente especial.
La noche comenzó cuando apareció caminando por el pasillo central del teatro, vestida de blanco y con unos zapatos rojos que contrastaban con la delicadeza de su atuendo. Desde ese momento, la cercanía dejó de ser una promesa para convertirse en parte del espectáculo.
El escenario era, en sí mismo, un recuerdo. Natalia compartió que estaba inspirado en la habitación que tenía a los 17 años: un espacio lleno de sueños, hojas escritas, objetos dispersos y una maceta roja con su planta. Un pequeño universo que nos permitió asomarnos a la intimidad de aquella joven que comenzaba a imaginar su camino en la música.
Sin embargo, la intimidad no se quedó sobre el escenario. Natalia también compartió con el público una cámara que la había acompañado durante toda la gira. Se la entregó a una mujer entre los asistentes para que comenzara a circular de mano en mano, permitiendo que cada persona pudiera capturar un pedacito de aquella noche desde su propia mirada.
Desde la primera y segunda llamada se nos recordó que aquel espectáculo era para cada uno de nosotros. Que podíamos sentirlo y vivirlo como quisiéramos: llorando, bailando, riendo o cantando. No había una manera correcta de experimentar la música; bastaba con dejar que las emociones encontraran su propio camino.
Y así sucedió; poco tiempo permaneció el público sentado. Bastaron las primeras melodías de «María la Curandera» para que los cuerpos comenzaran a levantarse y el teatro se llenara de movimiento. Mientras tanto, Natalia, acompañada por una silla al centro del escenario, seguía cautivándonos con una voz capaz de transformar la sencillez en algo extraordinario.
No solo hubo música, también hubo poesía, como si sus canciones no fueran suficientes para expresar todo lo que llevaba dentro,Natalia nos compartió fragmentos poéticos en los que habló de la soledad, de su transformación en Cancionera y de los caminos que la llevaron hasta ese momento de su vida. Cada palabra parecía prolongar una canción y cada silencio encontraba su propio significado.
La noche también tuvo espacio para la transformación. Durante un intermedio, Natalia abandonó el escenario y dejó a sus músicos interpretar «Cien años». Poco después, reapareció luciendo un vestido azul para terminar de cantar la pieza, regalándonos otro delos momentos memorables del concierto.
Y entonces, octubre comenzó a sentirse todavía más cerca. Con interpretaciones como «La Llorona» y «Las brujas», Natalia nos acercó a nuestras raíces, a las tradiciones mexicanas y a esa manera tan nuestra de recordar a quienes ya no están. También evocó su vínculo con la música de Agustín Lara, a quien años atrás dedicó un disco tributo.
Natalia llama cariñosamente «flores» a su público. Y aquella noche, entre canciones y recuerdos, parecía que cada uno de nosotros se transformaba en una flor de cempasúchil. El teatro se convirtió, por momentos, en un jardín donde la música celebraba la vida y abrazaba la memoria de nuestros muertos.
No hicieron falta grandes producciones ni efectos deslumbrantes. El piano, el violonchelo, el violín, el contrabajo y el acordeón fueron suficientes para construir una atmósfera cálida, delicada y profundamente conmovedora.
También hubo espacio para hablar de los cambios que están por llegar. Natalia compartió algunas reflexiones sobre su maternidad y la pausa que vendrá después de concluir la gira. Habló de volver a contemplar su jardín, de detenerse y permitir que la vida transcurra de otra manera. Nos recordó que no pasará nada si se toma un tiempo, porque cuando decida regresar, su público, al que también considera su amigo, estará ahí.
Uno de los momentos más espontáneos ocurrió cuando una falla técnica con el contrabajo
interrumpió brevemente el espectáculo. Lejos de perder la calma, Natalia respondió con la naturalidad de quien sabe que la música también vive en lo inesperado y nos regaló una interpretación de «Alma mía».
Por supuesto, no podía faltar «Hasta la raíz», una de las canciones más emblemáticas de su trayectoria. Esta vez llegó en una versión más extensa, distinta, en la que Natalia permitió que fueran las voces del público las que tomaran el protagonismo. Por unos instantes, la canción dejó de pertenecerle solamente a ella y se convirtió en un coro colectivo lleno de recuerdos y emociones.
Antes de despedirse, agradeció los kilómetros recorridos por quienes viajaron para acompañarla. Un gesto sencillo, pero significativo, que reafirmó la cercanía que había construido durante toda la noche.









