Por: Paulina Sánchez
Fotos: OCESA / César Vicuña
Con el Lunario a reventar, Mi Amigo Invencible, cumplió su promesa: dejar a nadie insatisfecho era apenas el inicio; lo que ocurrió fue algo más cercano a un ritual compartido.La noche, cargada de expectativa por el inminente lanzamiento de su décimo álbum, se encendió desde el primer instante en que la banda pisó el escenario, sonriendo como quien reconoce a los suyos tras una larga espera.
Desde que se abrieron las puertas, el público ya vibraba. Luces en tonos rosa, verde y morado bañaban el recinto mientras los primeros acordes transformaron el aire en una atmósfera hipnótica. Temas como “La Danza de los Principiantes”, “Jardín Secreto”,“Noches de Ciencia Ficción” y “Máquina del Tiempo” no solo se escucharon: se sintieron como pulsaciones colectivas, envolviendo cada rincón en una energía casi sagrada.
En medio de ese hechizo sonoro, la voz de Mariano Di Cesare imponía un silencio reverente, de esos que no pesan, sino que abrazan. Y entonces, como un latido inevitable, el espacio mutó: lo que fue recinto se convirtió en pista de baile, en refugio íntimo, en territorio donde convivían parejas entrelazadas, amigos fundidos en abrazos y cuerpos entregados al slam sin reservas.
Porque un concierto de Mi Amigo Invencible no es solo música: es un lugar donde la vulnerabilidad deja de ser debilidad y se vuelve lenguaje común. Y cuando las luces finalmente bajaron, la banda no se despidió del todo. Se quedó flotando en cada asistente que abandonaba el lugar tarareando en voz baja, en cada mirada cómplice, en esa promesa silenciosa, pero firme, de volver a encontrarse.






