Por: Paulina Sánchez
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El ambiente comenzó a cargarse desde temprano. Entre chamarras de cuero, playeras negras y miradas expectantes, el público fue llenando el recinto con la certeza de que no asistiría a un concierto cualquiera, sino a una invocación eléctrica.
El sonido crudo, pesado, deliberadamente retro, envolvió el recinto con una intensidad casi física. La batería marcaba el pulso como un latido primitivo, mientras las guitarras se extendían en capas psicodélicas que parecían estirarse en el tiempo. La voz, lejana y reverberante, funcionaba más como un instrumento que como un discurso, reforzando esa atmósfera de trance colectivo.
La presentación formó parte de la gira con la que la banda promociona su material más reciente , y aunque el setlist navegó entre distintas etapas de su discografía, el hilo conductor fue siempre el mismo: una descarga de energía que conectó de inmediato con el público mexicano, con temazos como “Lies”que encendieron la euforia.
Cada canción se fundía con la siguiente, generando una sensación de viaje sonoro donde el tiempo parecía diluirse. En ese espacio, el Pabellón Oeste se transformó en una cápsula anclada entre décadas: ecos de Black Sabbath y Hawkwind dialogaban con una ejecución moderna y contundente.
Hacia el cierre, la intensidad alcanzó su punto máximo con las canciones “Regeneration”, “Come Back Life» El público, ya completamente entregado, respondió con una energía que rebotaba desde el escenario, convirtiendo el último tramo del show en una comunión de ruido, sudor y catarsis.
Kadavar no vino a tocar canciones: vino a provocar una experiencia. Y en una ciudad que respira música en cada esquina, lograron lo más difícil: detener el tiempo por un par de horas y hacerlo vibrar al ritmo de un rock que se niega a morir.









